Centros comerciales: reflejo en el espejo de las sociedades
- URBES
- 9 oct 2019
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Autor: URBES - Bogotá Lógica
En ocasiones, parece que los pensamientos sobre urbanismo mayormente acogidos por los estudiosos del tema a nivel mundial y nacional, van en seria contravía con el pensamiento popular, de los actores económicos y de las decisiones tomadas en instancias políticas. La visión que engloba el vehículo y los centros comerciales de gran parte de la ciudadanía es particular y se sintetiza en “queremos más vías, para comprar más carros y llegar al centro comercial más rápido”, dilucida las visiones opuestas que pueden llegar a tener los habitantes de una ciudad con las “buenas prácticas” del urbanismo. Lo que nos lleva a evaluar esa relación de la sociedad bogotana con los centros comerciales. Partiendo del éxito económico innegable y la apropiación cultural iniciada a partir de la construcción del centro comercial Unicentro en 1976.
Su aparición, fue fundamental para el desarrollo urbano del norte de la ciudad; como parte importante de la apuesta inmobiliaria de Pedro Gómez. Quien con una visión prospectiva muy acertada, emplazo el centro comercial en las afueras del norte de Bogotá y muy retirado del centro consolidado de la ciudad.
Unicentro recogió conceptos norte americanos en su diseño arquitectónico y relación física con el entorno, siendo un edificio completamente cerrado en su diseño y rodeado por parqueaderos, en la actualidad también esta circundado por rejas. Pese a esto, la relación entre el centro comercial y la población empezó bien, gracias a que se escudó en sentidos de innovación y generó simpatía hacia las construcciones de escala exorbitante como sinónimo de desarrollo y pujanza económica. Afecto que permanece hasta hoy.
Como resultado histórico, las dinámicas de consumo de los ciudadanos en las décadas de 1970 y 1980, fueron transformadas, mediante la “Modernización” de conceptos urbanísticos ligados a emular lo que se estaba haciendo en países del primer mundo, como Estados Unidos.
A partir de Unicentro como primer proyecto exitoso en la ciudad, una serie de nuevos centro comerciales empezaron a desarrollarse, entre ellos están: el Centro 93, el Centro Granahorrar (1982), el Ciudad Tunal (1987), el Bulevar Niza (1988), el Hacienda Santa Bárbara (1989) y en los 90 algunos también importantes como Plaza de las Américas (1991), el Andino (1993) y el Salitre Plaza (1996), entre otros.
Los centros comerciales empezaron a ser usados como núcleos de desarrollo que buscaban acoger una gran cantidad de funciones comerciales, de ocio y posteriormente financieras, con el objetivo de atraer la mayor cantidad de población posible.
Para lograr los 2 objetivos anteriormente mencionados, los centros comerciales se constituyen como espacios privados que se abren al público, para cumplir funciones propias del espacio público, brindando un valor agregado superlativo para la población y que la calle no tiene, la seguridad.
Las funciones propias del espacio público que los centros comerciales han empezado a emular dentro de sus instalaciones son: los parques infantiles, plazas de encuentro y de comidas, actividades culturales y artísticas, encuentro social etc. Todo eso desarrollado dentro de las paredes de un edificio, que aunque aparentemente abierto a cualquier tipo de público, también puede incurrir en actos de discriminación, amparándose en el concepto de propiedad privada.
Dichas funciones empiezan a ser La homogeneidad de los usos del suelo en zonas no consolidadas y con grandes predios para desarrollos, derivan en concentración excesiva de vivienda y falta de zonas de esparcimiento como parques, lo que termina siendo caldo de cultivo para que estas moles de cementó vayan apareciendo a lo largo y ancho de las ciudades.
Es allí donde el distrito juega un papel fundamental, no prohibiendo la actividad comercial para eliminar la construcción de centros comerciales. Si no, evitando su aparición mediante, la planificación adecuada de esas zonas no consolidadas y que no diferencian estratos.
Aunque el mercado de los centros comerciales parece estable en Colombia y no se ven mayores transformaciones en cuanto a la relación que tienen con la ciudad, esto no ocurre en el resto del mundo. Nuevos proyectos como Sino Ocean Taikoo Li en la ciudad de Chengdu, China. Pionero en el concepto de “Outdoor retail space” en donde los centros comerciales comienzan a integrarse con la ciudad mediante espacios abiertos, haciendo que los locales se integren con el paisaje, el contexto, la calle y los equipamientos. Haciendo más amena la experiencia para los ciudadanos de paso, y también para los que están en plan de compras, dándole una mayor calidad a los espacios públicos, integrando la sensación de seguridad de los centros comerciales al resto de la ciudad.
En la ciudad de Nueva York, más exactamente en Manhattan, los centros comerciales también se están integrando de una mejor manera a la ciudad, en ese lugar del mundo las infraestructuras de transporte, en especial el metro, sirven no solo para transportar personas de un lugar a otro, sino también para contener desarrollos comerciales de gran escala. Un ejemplo de ello es la Estación Gran central, un equipamiento de transporte que reúne 5 líneas de metro, 11 rutas de autobús y una gran cantidad de restaurantes y tiendas. El Oculus, un proyecto mucho más moderno y también ubicado en la ciudad de Nueva York, demuestra que un “mall” con más de 100 tiendas de marcas exclusivas puede también ser un centro que conecta edificios de oficinas en Brookfield place y el One World Trade Center con 11 líneas de metro y trenes. Transportando 50.000 pasajeros cada día.
A manera de conclusión, podemos establecer que los centros comerciales ya dejaron de ser esas moles inmensas y cerradas, enclavadas en un parqueadero gigante que las rodea. Si bien, Colombia aún no tiene desarrollos que se integren de una mejor manera a la ciudad, si no que los centros comerciales en esta parte del mundo van encaminados a hacer todo lo contrario, usurpando las actividades propias de la ciudad anteriormente mencionados y emulando de mala manera ambientes “callejeros”, nosotros como usuarios estamos en el derecho y la obligación de hacérselo saber. Este conformismo de los desarrolladores está ligado a toda una cultura, dañina para la ciudad y poco sostenible, como está escrito en el primer párrafo del presente artículo, los ciudadanos “queremos más vías, para comprar más carros y llegar al centro comercial más rápido” y si nosotros queremos eso, los desarrolladores inmobiliarios no se van a tomar el trabajo de pensar soluciones mucho más integradoras para la ciudad.



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